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CENTRO HISTÓRICO

 

UN CENTRO HISTÓRICO SIEMPRE VITAL


T
exto y fotos: Mayra A. Martínez



La ciudad de México cuenta con una de las zonas de edificaciones seculares más importantes del continente americano, y desde hace pocos años muchas de sus maravillosas obras coloniales han sido restauradas, para disfrute de capitalinos y turistas, que deambulan por sus calles admirando las barrocas fachadas, los labrados portones de madera, las filigranas talladas en la cantera, los lambrines de multicolores azulejos o las ventanas flanqueadas por pilastras, es decir, los infinitos ornamentos de una arquitectura prodigiosa y vital ajena al paso del tiempo.


El Centro Histórico capitalino comprende 668 manzanas, en más de nueve km, de los 600 aproximados de la metrópoli, y está clasificado en dos zonas, la A, que incluye la antaño cuidad prehispánica y su ampliación virreinal hasta la guerra de Independencia, y la B, que cubre las ampliaciones hasta finales del siglo XIX. Baste saber, para darse una idea de lo valioso de esta área, que hay unas 1,500 obras de carácter monumental, con 743 catalogadas, a las cuales se suman 67 religiosas.

Una visión actual
Gracias a la renovada imagen del Centro Histórico, con un notorio mejoramiento de la iluminación pública y de sus inmuebles, del arreglo total de calles, con renivelación de banquetas y el remozamiento de las principales plazas, además de brindar una mayor seguridad, cada vez más crece el interés por conocer esta antes casi olvidada parte de la capital. En la actualidad, respetando al máximo la esencia de sus inmuebles, están de moda no pocas cafeterías, bares, salones de baile y restaurantes gourmet, de cualquier especialidad, boutiques de marca, así como más de 30 museos y galerías de arte, varios archivos de documentos históricos y algunas de las principales bibliotecas del país, además de una cincuentena de hoteles, desde Gran Turismo a económicos hostales, con hospedaje al acceso de cualquier bolsillo. Por eso, muchos turistas dicen que no vienen sólo al DF, sino al Centro Histórico, una verdadera ciudad dentro de la gran urbe, repleto de leyendas y bellezas para conocer.
   
Desde el Zócalo o Plaza de la Constitución
Por supuesto, un punto clave para comenzar un recorrido es la Plaza de la Constitución, conocido popularmente como el Zócalo, una plaza mandada a pavimentar en sus orígenes por Hernán Cortés, con piedras traídas de las ruinas de los imponentes templos aztecas. Mide 240 m por cada lado, lo cual la convierte en una de las más grandes de su tipo en el mundo. Enfrente está el majestuoso Palacio Nacional, levantado en 1529, y sede del Poder Ejecutivo Federal, y a un costado ocupa la atención la inigualable Catedral Metropolitana, cuya construcción duró más de dos siglos, y la cual ostenta fachadas que combinan elementos decorativos neoclásicos y barrocos.
   A un lado del magno templo se encuentra uno de los edificios más notorios del periodo colonial, y de mayor uso aún en la actualidad, el del Nacional Monte de Piedad, en la calle 5 de mayo, y cuyo nombre inicial era el de Real Monte de Piedad de las Ánimas. Como dato curioso bajo sus cimientos están los restos del Palacio de Axacatl y las antiguas casas de Moctezuma e, incluso, en 1519 el conquistador Cortés residió en este inmueble.
   
Barroquismo y esplendor
Donceles 99, se observa una de las fachadas más llamativas de la zona, por su riqueza barroca, la del antiguo Colegio de Cristo, que data del siglo XVI, y ahora Salón de la Plástica Mexicana y en el número 104 destaca el que correspondió al Templo y Convento de las Enseñanza de la Compañía de María, del siglo XVIII, actualmente ocupado por el Archivo General de Notarías de la Ciudad de México, el Cologio Nacional y una pequeña iglesia, que constituye una verdadera joya como muestra de arquitectura religiosa.
   Al tomar por Isabel La Católica topamos con varias edificaciones notorias, preservadas en todo su esplendor, y que merecen una mirada a fondo, como el Casino Español, que en 1600 era el Hospital del Espíritu Santo y Nuestra Señora de los remedios, y que con múltiples cambios en su fachada mezcla elementos barrocos con neoclásicos, dóricos, jónicos e, incluso, de Art Noveau. Ya a la vuelta, coincidiendo con la dinámica calle Madero se halla un templo prodigioso, el de la Profesa, cuya construcción concluyó en 1720 y que durante la guerra cristera fungió como catedral metropolitana. Es una muestra inigualable del arte novohispano de dos precursores de la arquitectura mexicana, Manuel Tolsá y Pedro Patino.
    
Hallazgos de lo inimaginable
Y así andando por estas vialidades, colmadas de ambulantes, pequeñas tiendas y accesorias, donde puede encontrarse todo lo imaginable, por precio, al mayoreo o regateando, desfilan ante nuestra mirada complacida el antiguo Colegio de San Ildefonso, con sus extensos muros de tezontle y la cantera moldurada de los marcos de sus ventanas; el ex Convento de La Merced, de gran profusión barroca, erigido a inicios del XVIII; la antigua Capilla de Betlemitas, del XVII o el más antiguo aún Templo de Santa Clara, de 1579, o ya sobre Madero, rumbo a Bellas Artes, varias obras impactan, el Palacio de Iturbide, obsequiado a la marquesa de Moncada y Villafonte por su padre, el conde de San Mateo de Valparaíso en 1785, la Casa de Los Azulejos, levantada en un predio comprado en 1596 y que siglo y medio más tarde fuera reconstruido por la quinta condesa del Valle de Orizaba, quien pidió recubrir la fachada con azulejos como símbolo de distinción económica y nobiliarias, así como el Templo de San Francisco de Neri, casi enfrente, hecho por la comunidad vasca para preservar sus tradiciones, en el siglo XVII. A pocos pasos no deben olvidar la visita al Palacio de Minería, el monumento neoclásico más importante de América y el último gran palacio proyectado durante el virreinato.
   Por supuesto, son innumerables las opciones para el interesado en el arte colonial de nuestro Centro Histórico, patrimonio cultural de la humanidad. Por eso, les recomendamos tomar un descanso en algunas de las fuentes de la Alameda Central, la primera gran plaza de la ciudad, y que en sus 80 mil m2 brinda sosiego a los paseantes, entre sus estatuas de bronce y los vibrantes chorros de agua que brotan por doquier. 
Y si desea conocer más a fondo la zona le sugerimos tomar alguno de los tours organizados por el Fideicomiso del Centro Histórico, donde les contarán historias y leyendas inolvidables.


PARQUES DEL DF PARA EL ROMANCE

 Texto y fotos: Mayra A. Martínez 


Los miles de parques de diferentes tamaños de la ciudad de México, desde siempre, han sido sitios favoritos para los encuentros amorosos, como los nidos de las aves cobijadas en las ramas de sus árboles.

Creada en el siglo XVI por ordenanza del virrey Luis de Velasco, la Alameda Central no sólo es el parque público con mayor antigüedad de la capital mexicana, sino que entre sus álamos y sus fuentes varias generaciones se han entregado al romance e, incluso, siglos atrás se convirtió en punto de reunión de aquéllos en busca de pareja, quienes mediante un verdadero ritual de miradas picarescas, gestos y señas con sus pañuelos, además bajo la supervisión oportuna de alguna chaperona, podían entonces iniciar una relación romántica. En la actualidad, las remozadas bancas de esta sombreada área verde continúan ocupadas a cualquier hora por amantes de disímiles edades, de esos que tal vez se susurran los versos de un añoso bolero, “La gloria eres tú”, en el cual su autor, José Antonio Méndez, afirmaba “Eres mi bien lo que me tiene extasiado, por qué negar que estoy de ti enamorado” o con mayor pasión, entonan la música de Ricardo Montaner, “Amor mío, así es la vida, juntos dos locos de repente

sonriéndole a la gente que nos ve pasar…”

   Otro lugar histórico del DF es el hermoso parque de la colonia Santa María La Ribera, en cuyo centro remata kiosco morisco, el cual data de finales del siglo XIX. Diseñado a modo de pabellón por el ingeniero José Ramón Ibarrola para representar a nuestro país en la Exposición Universal de 1884-1885, en París, y en la Feria de San Luis Missouri, en 1902. Con posterioridad, se trajeron la estructura de hierro a comienzos del XX, instalándola en el costado sur de la Alameda Central, hasta que por las fiestas del centenario el presidente Porfirio Díaz mandó erigir allí el Hemiciclo a Juárez, por lo cual se complació a los habitantes del entonces nuevo fraccionamiento al entregarles el kiosko, una obra única, símbolo de la zona. Y este es otro de los parques antológicos para los amores, pues entre los arcos de reminiscencias árabes o en los férreos asientos no pocos se habrán prometido, al modo de José Alfredo Jiménez, que “si nos dejan nos vamos a querer toda la vida, si nos dejan nos vamos a vivir a un mundo nuevo” o jurado, con las candencias de Manzanero, “contigo aprendí, que puede un beso ser más dulce y más profundo, que puedo irme mañana mismo de este mundo, las cosas buenas

ya contigo las viví…”

     Sin dudas, entre los más bellos espacios abiertos de la capital destaca el Parque México, creado en 1926 por el Arq. José Luis Cuevas dentro del diseño urbanístico integral de la Colonia Hipódromo. Además de contar con un lago con patos, tiene varios estanques y espejos de agua, así como un gran teatro al aire libre Art Decó, estilo predominante en la arquitectura del lugar. De notoria vitalidad, cada día sus pasajes están repletos de parejas que aprovechan sus ratos libres para pasear a sus pequeños, frutos de sus amores, o de noveles enamorados, quienes tal vez se dicen al ritmo de Shakira “Eres tú, amor, mis ganas de reír, el adiós que no sabré decir porque nunca podré vivir sin ti” o también, están los solitarios, aquéllos que parecen recordar las palabras de Alejandro Sanz cuando reclama “Para qué me curaste cuando estaba herido

si hoy me dejas de nuevo el corazón partío…”

   Pero, si no bastaran esas plazas seculares, Coyoacán muestra el adoquinado Jardín Hidalgo, con su kiosco del siglo XIX, de estilo francés, donado en conmemoración del centenario de la gesta independentista, en tanto sobre la más larga avenida del continente americano, Insurgentes, llama la atención el parque Luis G. Urbina, más conocido como el Parque Hundido, que data de inicios del siglo pasado, pues se creó en los terrenos de la antigua Compañía Ladrillera de la Nochebuena y donde abundan  jardines, andadores y fuentes, remansos de paz propicios para el romance de esos que según Miguel Bosé y Ana Torroja ostentan corazones “que van despacio, locos y ciegos buscando su espacio, hay corazones y corazones, y cada cual latirá sus pasiones”.

   Y, por supuesto, el icono del amor en la capital es el bosque de Chapultepec, famoso por sus lagos Mayor, Menor y de Chapultepec, distribuidos en los cuatro km2 de este verde pulmón de la ciudad. Mientras las ardillas corretean en sus amplios andadores, en especial los fines de semana miles de parejas se dan cita en este exuberante bosque, ya sea para pasear en bote, platicar acurrucados en las bancas, disfrutar de las múltiples golosinas vendidas en los puestos o para recostarse sobre la fresca hierba, abrazados, mirando el vaivén de las copas de los árboles, extasiados en su romance, clamando quizá al ritmo de Sin Bandera “Entra en mi vida, sálvame ahora, abre tus brazos fuerte y déjame entrar…” Por eso, ¿qué sería del amor en una ciudad sin parques?


 


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