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BOGOTÁ SIBARITA Y RUMBERA
Si de algo tienen bien ganada fama los colombianos es de ser rumberos y sibaritas, pues el goce del baile, tanto típico como salsero, está entre sus buenas cualidades, al igual que el disfrute de una gastronomía rica en platillos de un amplio mestizaje, donde se unen el aporte de lo autóctono con lo traído por los conquistadores españoles, y de una intensa interacción con diversas oleadas de migrantes e inversionistas al país, como los ingleses, asiáticos, brasileños, argentinos, peruanos, italianos, mexicanos o franceses, cuyo influjo se evidencia en los miles de restaurantes de Bogotá, tanto en sus recetas exquisitas como en las bebidas que las acompañan. Y estos factores resultan, sin dudas, de un enorme atractivo para los turistas, cada vez más abundantes y provenientes de infinidad de países.
Por eso, caminar por las calles bogotanas se convierte en un hallazgo constante de ofertas gastronómicas, desde el puesto de plátanos fritos instalado en una esquina cualquiera, sobre todo, del centro histórico, hasta el montón de tiendas a través de cuyas vidrieras se exhiben tentadores dulces tradicionales, los cuales, por cierto, recuerdan bastante a los hechos en México, basados en dulce de leche, frutas cristalizadas o en el uso del maíz. Así mismo, el aroma del café recién colado brota de no pocos locales donde lo ofrecen en diversas formas, desde el más fuerte expreso, hasta algunos saborizados, para acompañar unos deliciosos pastelillos, casi siempre con un fondo musical animado, ya sea con vallenatos o con ritmos tropicales.
Pero, si se trata de buscar buenos restaurantes, sea para desayunar, comer o cenar, la lista es tan grande pues se dice que hay más de dos mil, que en principio deberá el viajero escoger a cual de las seis zonas gastronómicas, bien delimitadas en puntos específicos de la ciudad, querrá dirigirse, según las exigencias de su paladar y, por supuesto, los recursos de su bolsillo.
En la actualidad, Bogotá cuenta con zonas como la G, en pleno sector financiero, por el llamado barrio Quinta Camacho, ubicada entre las calles 68 y 71, así como carreras 7 y 4, uno de los sitios gourmet por excelencia, en la cual están catalogados unos 40 restaurantes; y la C, en la parte antigua, con una treintena de opciones, tal vez entre las más tradicionales. Destacan, así mismo, las Zona Rosa y la T, la primera muy popular entre la juventud, pues ahí se hallan muchos cafés, bares, restaurantes y pubs de moda, y que se enmarca entre las calles 79 a la 89 y las carreras 11 a la 15, en tanto la T, nombrada de ese modo por la confluencia de dos calles, complementa con sus espacios a los aproximados 30 locales, por lo general, repletos de comensales, desde su apertura hasta el cierre, a veces, hasta el amanecer.
Aquí tuvimos la oportunidad de visitar, degustando su menú y bailando a toda marcha, un restaurante emblemático de la ciudad, con un nombre tan curioso como su ecléctica decoración, Andrés D.C., segunda sucursal de esta cadena famosa internacionalmente, cuyo primer establecimiento es un galerón gigantesco en la periferia, en la localidad de Chiá, rumbo a la Catedral de Sal de Zipaquirá.
Y si aquel es enorme, el bogotano no se queda atrás. Con más de centenar y medio de mesas rústicas, muchas para diez o 12 comensales, el edificio tiene cinco pisos, instalado en el Centro Comercial El Retiro, cada uno identificado como el Inframundo, el Infierno, la Tierra, el Purgatorio y el Cielo, a donde nos acomodaron nuestros anfitriones del IDT, tras escuchar que como éramos más deberíamos apretarnos un poco, pues todo estaba reservado. Aquello, en verdad, nos pareció inusual, pero dos horas después comprobamos la certeza de aquel comentario, y no sólo todo estaba ocupado, si no que había usuarios en los laterales esperando, copa en mano, de alcoholes o de fabulosos jugos, y con algunos platitos de picadas de carnes deliciosas en sus manos, a que obtener un espacio en aquella vorágine de meseras y meseros guapos, amables y sumamente ágiles, todos con notorio desenvolvimiento y hasta atendiendo a extranjeros en sus idiomas, y cuando menos los esperábamos se soltó la música, y todos a bailar, desde sonido electrónico hasta los ritmos salseros de antaño, en una mezcla de euforia contagiosa y en un ambiente cordial, a pesar de que tal vez habría varios miles de usuarios en aquellos cinco niveles de buena fiesta y excepcional gastronomía. De más está advertir que quien viaje a Bogotá está obligado a conocer este restaurante tan sui géneris, pues vale al máximo lo que cuesta.
Y finalmente, otras zonas gastronómicas de la ciudad, a no olvidar, son el Parque de la 93, muy agradable pues se enmarca en un área de mucha vegetación, habitual por cierto en la urbe, y situado entre las carreras 11 y 15, así como las calles 93 y 94, donde se pueden hallar una veintena de propuestas para degustar y, también, está Usaquén, antiguo municipio que recuerda a nuestro Coyocán, con sus mansiones centenarias, sus pasajes peatonales y sus bazares de arte, así como un popular mercado de las pulgas donde adquirir objetos tradicionales, y por supuesto, con una treintena de restaurantes de las más disímiles características.
Suerte de los bogotanos y de sus turistas que pueden gozar de tantas ofertas con tranquilidad, pues los tiempos en que la incertidumbre permeaba la cotidianidad de esa urbe ya pasaron y, día tras días, se consolida un entorno de paz y seguridad en Colombia.
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