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PARQUES PARA EL AMOR Y LA AMISTAD EN EL DF
Los miles de parques de diferentes tamaños de la ciudad de México, desde siempre, han sido sitios favoritos para los encuentros amorosos, como los nidos de las aves cobijadas en las ramas de sus árboles. Ahí están los de Coyoacán, la Alameda Central, el hermoso espacio coronado por el kiosko morisco en la colonia Santa María La Ribera o los de la Condesa, como el México y el España, así como los amplios espacios arbolados de Chapultepec.
Creada en el siglo XVI por ordenanza del virrey Luis de Velasco, la Alameda Central no sólo es el parque público con mayor antigüedad de la capital mexicana, sino que entre sus álamos y sus fuentes varias generaciones se han entregado al romance e, incluso, siglos atrás se convirtió en punto de reunión de aquéllos en busca de pareja, quienes mediante un verdadero ritual de miradas picarescas, gestos y señas con sus pañuelos, además bajo la supervisión oportuna de alguna chaperona, podían entonces iniciar una relación romántica. En la actualidad, las remozadas bancas de esta sombreada área verde continúan ocupadas a cualquier hora por amantes de disímiles edades, de esos que tal vez se susurran los versos de un añoso bolero, “La gloria eres tú”, en el cual su autor, José Antonio Méndez, afirmaba “Eres mi bien lo que me tiene extasiado, por qué negar que estoy de ti enamorado” o con mayor pasión, entonan la música de Ricardo Montaner, “Amor mío, así es la vida, juntos dos locos de repente
sonriéndole a la gente que nos ve pasar…”
Otro lugar histórico del DF es el hermoso parque de la colonia Santa María La Ribera, en cuyo centro remata kiosco morisco, el cual data de finales del siglo XIX. Diseñado a modo de pabellón por el ingeniero José Ramón Ibarrola para representar a nuestro país en la Exposición Universal de 1884-1885, en París, y en la Feria de San Luis Missouri, en 1902. Con posterioridad, se trajeron la estructura de hierro a comienzos del XX, instalándola en el costado sur de la Alameda Central, hasta que por las fiestas del centenario el presidente Porfirio Díaz mandó erigir allí el Hemiciclo a Juárez, por lo cual se complació a los habitantes del entonces nuevo fraccionamiento al entregarles el kiosko, una obra única, símbolo de la zona. Y este es otro de los parques antológicos para los amores, pues entre los arcos de reminiscencias árabes o en los férreos asientos no pocos se habrán prometido, al modo de José Alfredo Jiménez, que “si nos dejan nos vamos a querer toda la vida, si nos dejan nos vamos a vivir a un mundo nuevo” o jurado, con las candencias de Manzanero, “contigo aprendí, que puede un beso ser más dulce y más profundo, que puedo irme mañana mismo de este mundo, las cosas buenas
ya contigo las viví…”
Sin dudas, entre los más bellos espacios abiertos de la capital destaca el Parque México, creado en 1926 por el Arq. José Luis Cuevas dentro del diseño urbanístico integral de la Colonia Hipódromo. Además de contar con un lago con patos, tiene varios estanques y espejos de agua, así como un gran teatro al aire libre Art Decó, estilo predominante en la arquitectura del lugar. De notoria vitalidad, cada día sus pasajes están repletos de parejas que aprovechan sus ratos libres para pasear a sus pequeños, frutos de sus amores, o de noveles enamorados, quienes tal vez se dicen al ritmo de Shakira “Eres tú, amor, mis ganas de reír, el adiós que no sabré decir porque nunca podré vivir sin ti” o también, están los solitarios, aquéllos que parecen recordar las palabras de Alejandro Sanz cuando reclama “Para qué me curaste cuando estaba herido
si hoy me dejas de nuevo el corazón partío…”
Pero, si no bastaran esas plazas seculares, Coyoacán muestra el adoquinado Jardín Hidalgo, con su kiosco del siglo XIX, de estilo francés, donado en conmemoración del centenario de la gesta independentista, en tanto sobre la más larga avenida del continente americano, Insurgentes, llama la atención el parque Luis G. Urbina, más conocido como el Parque Hundido, que data de inicios del siglo pasado, pues se creó en los terrenos de la antigua Compañía Ladrillera de la Nochebuena y donde abundan jardines, andadores y fuentes, remansos de paz propicios para el romance de esos que según Miguel Bosé y Ana Torroja ostentan corazones “que van despacio, locos y ciegos buscando su espacio, hay corazones y corazones, y cada cual latirá sus pasiones”.
Y, por supuesto, el icono del amor en la capital es el bosque de Chapultepec, famoso por sus lagos Mayor, Menor y de Chapultepec, distribuidos en los cuatro km2 de este verde pulmón de la ciudad. Mientras las ardillas corretean en sus amplios andadores, en especial los fines de semana miles de parejas se dan cita en este exuberante bosque, ya sea para pasear en bote, platicar acurrucados en las bancas, disfrutar de las múltiples golosinas vendidas en los puestos o para recostarse sobre la fresca hierba, abrazados, mirando el vaivén de las copas de los árboles, extasiados en su romance, clamando quizá al ritmo de Sin Bandera “Entra en mi vida, sálvame ahora, abre tus brazos fuerte y déjame entrar…” Por eso, ¿qué sería del amor en una ciudad sin parques?
Texto y fotos: Mayra A. Martínez
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